Una de las cosas que nos enseñan de niños, sobre todo en los boyscouts, -a los que por cierto nunca pude entrar porque no había lana para el uniforme-, es de vez en cuando a hacer una buena obra, una al día -que alegría-, es decir ayudarle a otra persona a hacer algo, por ejemplo ayudar a un viejito a cruzar la calle, ayudarle a alguien a levantar algo que se le cayo al suelo, etc.
Es cierto que muchas veces en el afán de ayudar a alguien, vamos de padrotes acomedidos a intentar hacer algo por una persona que no ha solicitado nuestra ayuda, y por lo regular quedamos mal. Recuerdo una vez que estaban unas señoras queriendo estacionar un carro a empujones, porque no encendía, yo iba junto con un amigo, las vimos, y ahí vamos, de padrotes acomedidos, aparte de que no encendía el carro tenía descompuesta la dirección, de forma que solo podías mover el volante hacia la derecha, pero no a la izquierda, total que después de batallar unos minutos, logramos dejar el carro bien estacionado, y cuando nos bajamos y les devolvemos las llaves, ellas se voltean y se van, no esperaba que nos invitaran a cenar, nos pagaran o algo así, pero que al menos dijeran -gracias-
Al paso del tiempo he caido en la cuenta de que si alguna vez te gana el afán altruista y al ver una situación donde crees que puedes ayudar, y ahí vas de padrote acomedido a meterte donde no te llaman, ni siquiera esperes que te lo agradezcan, incluso hasta te arriesgas a que te reclamen, si es así, no te sientas molesto, solo entiende que no toda la gente espera que llegue un acomedido a meter su cuchara donde no lo han llamado, en todo caso preguntales si quieren que los ayudes, lo normal es que el 50% de las veces te manden al carajo, pero una que otra vez, va a haber alguien que te lo agradezca.
Al final, comprendí que en todo caso, lo más importante no es que te agradezcan, sino que uno mismo pueda tener el placer de hacer algo por otra persona, aunque la otra persona nunca lo llegue a saber, el verdadero placer esta en servir, y no soy mesero.
El Tío Lolo